Tras un fin de semana sin montar, por culpa de la maldición
de las 200 crónicas con el agua cayendo en Rivas el domingo 23 de noviembre,
dejando al pelotón en el dique seco, había ganitas de revancha.
El día amaneció un tanto oscuro, con una niebla de esas solo
aptas para los Gorilas en la niebla, y así se desarrollo gran parte de la
etapa.
No teníamos claro dónde irnos y eso es malo porque cuando el
gallo más gallo del pelotón decide, paliza asegurada.
Partimos hacia el pueblo y la laguna de El Campillo, con
ambiente húmedo y la consiguiente niebla, para cruzar sobre la A-3 y circular
por la carretera de Chinchón. De momento sin problemas.
Luego a meternos por el Vaáamono, a tran tran y sin
demasiados problemas tampoco, De esta forma llegamos hasta tó lo alto de
nuestro camino más conocido y ahí de nuevo el gallo Jokin tomó el mando.
Cruzar bajo el puente de hierro de la Green Line era su
decisión y así por la senda del Piolín llegamos hasta lo alto de Morata. Ahí no
había muchas ganas de bajar ni por el camino del tractor, seguro que con su
gran charco de barro, ni por la trialera nueva que baja hasta la zona
recreativa de El Bosque, muy patinosa con seguridad.
De esta forma nos tiramos carretera abajo por la M-313, la
que viene de Arganda de Rey, que hicimos en muchas ocasiones su ascensión, no
recuerdo que la hiciéramos nunca hacia abajo.
Una vez en Morata nuestro destino siguiente era Perales de
Tajuña, por lo que había que subir río arriba sin más elección que la ruta por
dónde ir.
No había ganas de ir por la Green Line, el asfalto no es
para las MTB. Así que poco después de salir en dirección a Perales por la Vía
Verde, nos salimos para cruzar la carretera y circular por un camino en
paralelo a la M-302.
Lo malo es que nadie sabía por dónde ir y este camino
acababa en una residencia de la tercera edad y hubo que salir de nuevo a la
M-302, circular un rato por ella y coger un camino que esta vez si nos llevaba
a nuestro destino. El camino es el que tiene un puente sobre el Tajuña y si
sigues hacia delante nada más cruzarlo te vas hacia Chinchón.
Así que giramos a la izquierda y a recorrer la zona que te
lleva hasta Perales, sin volver a tener despistes hasta Perales.
Una vez en Perales tocaba la parada del platanito, llevábamos
unos cuantos kilómetros en las piernas y había que recuperar fuerzas y
líquidos. Es algo normal en todas las etapas.
Pelotón de la jornada en Perales
Foto: Marqués
Foto: Marqués
Tras la parada nos lanzamos hacia Perales, lo atravesamos y
nos encaminamos hacia la pista asfaltada de la Fuente de La Gasca. Ya la
conocéis, empinada y digna de todo sufridor que se precie.
Jokin se nos fue por delante en las primeras rampas y el
terceto perseguidor en pelotón realizó toda la subida a bloque, llegando hasta
arriba prácticamente juntos.
Una vez en lo alto no cruzamos el puente sobre la A-3,
nuestro guía se empeñó en ir hacia el antes llamado Rock in Río por el lado
izquierdo de dicha autovía. Lo peor de esta elección las dos rampas que no
puedes evitar, de esas cortas pero que cortan la respiración.
En pelotón nos fuimos hacia las citadas instalaciones,
descubrimos que han cambiado el cartel y ahora se llaman Ciudad del Rock de
Arganda del Rey. Mismo perro con distinto collar.
Una vez allí tocaba bajar y la elección fue irnos hacia el Último
Parque y la Dehesa del Carrascal, lugares conocidos por el grupo, para luego
hacer bajada hacia el Hospital del Sureste por las camino de este espacio
natural.
Allí se escaparon por delante Jokin, el Profe y Volador, Marqués
ya sabéis que pierde más bajando que subiendo, cosas de la precaución.
Nos juntamos de nuevo en la rotonda cercana al Hospital,
para seguir hacia La Poveda atravesando el polígono y la antigua N-III.
Para ir hacia Rivas de nuevo, elegimos el camino de la
valla, el que recorre la margen izquierda del río Jarama, así no hay que perder
tiempo en cruzar por el puente de las avispas.
Al llegar al Puente de Arganda Jokin había tirado por
delante, tenía compromisos y ya sabéis que la subida del pueblo la hace casi siempre,
por no decir siempre, en solitario. Los demás no podemos mantener su ritmo.
Al Chapu llegamos en pelotón los 3 que quedábamos, no podía
ser de otra forma, y después de los 68 kilómetros recorridos degustamos las
preciadas cerecitas.









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