21 de octubre de 2012, nos pilló la lluvia viniendo del vertedero de Pinto

Se convocaba la etapa a la hora de costumbre, con la idea de que las lluvias caídas el día anterior podían haber dejado los caminos dificultados para la circulación. Pero eso qué más da, siempre hay rutas donde el agua hace menos daño y se puede hacer ruta con pocas dificultades.
De nuevo dudas a la salida, pero Jokin como líder espiritual me propuso hacer una etapa que le había comentado días antes, llevar al grupo hasta las cercanías del vertedero de Pinto, lugar donde suelo ir a ver gaviotas frecuentemente.
El frío no era la nota dominante, ni mucho menos, aunque más de uno y más de dos llevaban ya sus mallas largas hasta los tobillos. Libraremos a Calzas, que como de costumbre siempre lleva esa equipación. ¡Cuánto miedo compañeros!, las piernas al aire se pueden llevar unos días más.

La salida directa rodeando el Cerro del Telégrafo, aunque esta vez por su parte izquierda por la gran pista ancha que nos lleva directamente a la avd. Pilar Miró. Se notaba miedo al barro en el subconsciente.
Una vez llegados al pueblo, tocaba la carretera que se dirige al centro de Protección Civil, para desde allí cruzar el puente del río Manzanares, en Casa Eulogio. Una vez cruzado el puente y la barrera que corta el paso a vehículos no autorizados, el camino como bien sabéis gira a la izquierda para bordear los cantiles de yeso de la Marañosa en dirección al desprendimiento, en la junta de los ríos Jarama y Manzanares.

Pelotón de la jornada
Foto: Marqués

El barro por toda esa zona era casi inexistente y el suelo un poquitín húmedo, sin duda despejaba de nuestras cabezas la idea de una etapa embarrada y pringosa.
Nos juntamos para cruzar dicho desprendimiento, para provocar una espantada general que separó al pelotón en dos o seguramente en más, hasta juntarnos de nuevo junto a la carretera de San Martín de la Vega. Lugar donde tantas y tantas veces hemos dado la vuelta.

Un ratín para refrigerios, para reposar y para despedirnos de Antonio y de Calzas, que se daban la vuelta y regresaban a casa, desandando lo andado. Los demás cruzamos la carretera y nos adentramos en la finca de la Casa Gózquez.
Por un camino ya conocido de algunas etapas, continuó nuestra ruta, solo interrumpida por una furgoneta con un tipo con una canana repleta de cartuchos de caza que nos avisaba amablemente de que estaban cazando en la finca y que tuviéramos cuidado con los disparos. La verdad es que quería que nos diéramos la vuelta, pero continuamos hacia delante sin oir ningún disparo y sin ver a ningún cazador por aquella zona, cosa que no ocurriría más adelante, en otras zonas ya en el Parque del Sureste.

La idea era bordear todo el pinar del Monte de Gózquez, siempre dejando los pinos a nuestra derecha, circulando siempre por una ancha pista con campos arados a nuestra izquierda.

Rodeando el Monte de Casa Gózquez
Fotos: Marqués

Todo esto hasta pasar junto al vertedero de Pinto, alejados de las zonas de vertidos y solo viendo una nube de gaviotas sobrevolando sus zonas de alimentación.
Poco después, la única cuesta de la etapa, corta y empinada, donde alguno tuvo que poner pie a tierra en breves instantes.


La única cuesta de la jornada
Foto: Marqués
 
Desde arriba buenas vistas de Madrid, con el Cerro de los Ángeles delante de la gran ciudad.


El vertedero de Pinto y el Cerro de los Ángeles
Fotos: Marqués

La reunificación siguiente, junto a la carretera de San Martín, para continuar con una vertiginosa bajada por el carril bici adjunto a dicha carretera, para juntarnos de nuevo y como última vez nada más cruzarla y al inicio del camino que nos llevaba de vuelta hacía Rivas, por territorio del término municipal de Getafe, muy cerca de Perales del Río. Hace mucho que no íbamos por aquellos lares.
La última reunificación
Foto: Marqués

El dichoso camino de vuelta, está como siempre, lleno de un bacheado constante que hace temblar las bicis y que a algunos no nos gusta nada. Eso sí, sin nada de barro por ningún lado.

Los de atrás
Foto: Marqués

Pero poco después, ya recorriendo la ancha pista, empezaba a lloviznar. De forma insignificante al principio, un poco más cada vez, nunca de forma abundante pero con seguridad es lo que se llama coloquialmente “Chirimiri” o “calabobos”.
La lluvia ya no nos dejó en el resto de la etapa, incluso algo más fuerte por las calles de Rivas, llenas de charcos. Llegando a nuestras casas, después de casi 60 km, literalmente “como una sopa”.

Fui al Camelot y estaba cerrado, tenía un mensaje en el móvil de Josemari, donde me advertía de la fatalidad, y no hubo final feliz, pues cada uno se tuvo que ir a su casa sin las cerecitas de rigor, es decir, fatal. No nos dejan de sorprender en este garito, lástima de un lugar cercano mejor.

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