Se convocaba la etapa
a la hora de costumbre, con la idea de que las lluvias caídas el día anterior
podían haber dejado los caminos dificultados para la circulación. Pero eso qué
más da, siempre hay rutas donde el agua
hace menos daño y se puede hacer ruta con pocas dificultades.
De nuevo dudas a la
salida, pero Jokin como líder espiritual me propuso hacer una etapa que le había
comentado días antes, llevar al grupo hasta las cercanías del vertedero de
Pinto, lugar donde suelo ir a ver gaviotas frecuentemente.
El frío no era la
nota dominante, ni mucho menos, aunque más de uno y más de dos llevaban ya sus
mallas largas hasta los tobillos. Libraremos a Calzas, que como de costumbre
siempre lleva esa equipación. ¡Cuánto miedo compañeros!, las piernas al aire se
pueden llevar unos días más.
La salida directa
rodeando el Cerro del Telégrafo, aunque esta vez por su parte izquierda por la
gran pista ancha que nos lleva directamente a la avd. Pilar Miró. Se notaba
miedo al barro en el subconsciente.
Una vez llegados al
pueblo, tocaba la carretera que se dirige al centro de Protección Civil, para
desde allí cruzar el puente del río Manzanares, en Casa Eulogio. Una vez cruzado
el puente y la barrera que corta el paso a vehículos no autorizados, el camino
como bien sabéis gira a la izquierda para bordear los cantiles de yeso de la
Marañosa en dirección al desprendimiento, en la junta de los ríos Jarama y
Manzanares.
Pelotón de la jornada
Foto: Marqués
El barro por toda esa
zona era casi inexistente y el suelo un poquitín húmedo, sin duda despejaba de
nuestras cabezas la idea de una etapa embarrada y
pringosa.
Nos juntamos para
cruzar dicho desprendimiento, para provocar una espantada general que separó al
pelotón en dos o seguramente en más, hasta juntarnos de nuevo junto a la
carretera de San Martín de la Vega. Lugar donde tantas y tantas veces hemos dado
la vuelta.
Un ratín para
refrigerios, para reposar y para despedirnos de Antonio y de Calzas, que se
daban la vuelta y regresaban a casa, desandando lo andado. Los demás cruzamos la
carretera y nos adentramos en la finca de la Casa Gózquez.
Por un camino ya
conocido de algunas etapas, continuó nuestra ruta, solo interrumpida por una
furgoneta con un tipo con una canana repleta de cartuchos de caza que nos
avisaba amablemente de que estaban cazando en la finca y que tuviéramos cuidado
con los disparos. La verdad es que quería que nos diéramos la vuelta, pero
continuamos hacia delante sin oir ningún disparo y sin ver a ningún cazador por
aquella zona, cosa que no ocurriría más adelante, en otras zonas ya en el Parque
del Sureste.
La idea era bordear
todo el pinar del Monte de Gózquez, siempre dejando los pinos a nuestra derecha,
circulando siempre por una ancha pista con campos arados a nuestra izquierda.
Rodeando el Monte de Casa Gózquez
Poco después, la
única cuesta de la etapa, corta y empinada, donde alguno tuvo que poner pie a
tierra en breves instantes.
Fotos: Marqués
Todo esto hasta pasar junto al vertedero de Pinto, alejados de las zonas de
vertidos y solo viendo una nube de gaviotas sobrevolando sus zonas de
alimentación.
La única cuesta de la jornada
Foto: Marqués
Desde arriba buenas vistas de Madrid, con el Cerro
de los Ángeles delante de la gran ciudad.
El vertedero de Pinto y el Cerro de los Ángeles
Fotos: Marqués
La reunificación
siguiente, junto a la carretera de San Martín, para continuar con una
vertiginosa bajada por el carril bici adjunto a dicha carretera, para juntarnos
de nuevo y como última vez nada más cruzarla y al inicio del camino que nos
llevaba de vuelta hacía Rivas, por territorio del término municipal de Getafe,
muy cerca de Perales del Río. Hace mucho que no íbamos por aquellos
lares.
La última reunificaciónFoto: Marqués
El dichoso camino de
vuelta, está como siempre, lleno de un bacheado constante que hace temblar las
bicis y que a algunos no nos gusta nada. Eso sí, sin nada de barro por ningún
lado.
Los de atrás
Foto: Marqués
Pero poco después, ya
recorriendo la ancha pista, empezaba a lloviznar. De forma insignificante al
principio, un poco más cada vez, nunca de forma abundante pero con seguridad es
lo que se llama coloquialmente “Chirimiri” o “calabobos”.
La lluvia ya no nos
dejó en el resto de la etapa, incluso algo más fuerte por las calles de Rivas,
llenas de charcos. Llegando a nuestras casas, después de casi 60 km,
literalmente “como una sopa”.
Fui al Camelot y
estaba cerrado, tenía un mensaje en el móvil de Josemari, donde me advertía de
la fatalidad, y no hubo final feliz, pues cada uno se tuvo que ir a su casa sin
las cerecitas de rigor, es decir, fatal. No nos dejan de sorprender en este
garito, lástima de un lugar cercano mejor.








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