Se retrasó la hora de convocatoria de la etapa dominical a las 9:00 h., para que los más perezosos pudieran descansar unos pocos minutos más.
Sin destino fijo partía el pelotón camino del pueblo, usando la ruta del Cerro del Telégrafo para acercarnos hasta la avenida Pilar Miró y continuar hacia abajo.
Sin destino fijo partía el pelotón camino del pueblo, usando la ruta del Cerro del Telégrafo para acercarnos hasta la avenida Pilar Miró y continuar hacia abajo.
En esos lares ya se descolocó el grupo, descolgándose una parte por detrás del pelotón principal, lo que incluso llevó a una fragmentación, donde cada parte cogió una dirección, tuvo que realizarse una espera y unas llamadas telefónicas oportunas.
El pelotón principal se dirigió hacia Protección Civil y los retrasados hacia la carretera de Chinchón M-311, juntándonos de nuevo en esta carretera a las puertas de las Graveras de El Porcal.
La ruta continuó hacia el Vaáamono sin pausa, con una subida de las de siempre que hace separarse al pelotón, pero al final nos une a todos junto a la vía verde.
Tras una foto de rigor con el pelotón al completo, Antonio y Clavi nos dejaron, retornaban a casa para estar pronto junto a los suyos.
Foto: Marqués
Sin abordar la vía verde, siguió la ruta hacia arriba
camino de la cementera, junto a la gasolinera de la carretera de Chinchón,
donde dos miembros más del pelotón iniciaron su regreso a casa, bajando por
dicha carretera en dirección al Puente de Arganda y hacia Rivas sin más
miramientos.
A estas alturas, nuestro guía habitual ya había retomado las riendas de la expedición, algo despistada hasta ese momento, y serpenteando entre los olivares que circundan la cementera nos dirigimos, los pocos que quedamos, a la cañada que en alguna ocasión hemos recorrido camino de Titulcia.
Poco tiempo seguimos ese camino, ya que en una de sus primeras bifurcaciones, GPS giraba a la izquierda y nos dirigía hacia los exclusivos chaletes de Valgrande. Eso sí, para alegría de casi todos, la subida no fue la habitual. De hecho no hubo subida alguna digna de mención, hasta ese momento, y ya en Valgrande hicimos la paradita de rigor para comer el platanito o similar.
Alguno de los Nenazas aprovechó el momento para recordar su infancia, montando en los columpios que allí hay, demostrando la calidad y robustez de los mismos, como quedó plasmado en alguna foto de ese día.
Fotos: Holandés
En fin, que había que volver, y de nuevo GPS, ejerciendo de líder, nos arrastró hasta Morata con el señuelo de las famosas palmeritas de chocolate de ese pueblo. Tampoco tuvo que insistir mucho, a decir verdad.
Bajamos de Valgrande por otro de sus accesos, algo más largo que la famosa subida que hemos hecho en varias ocasiones, y bautizada por muchos como Valsuputamadre. Queda pendiente para otro día la subida por ese camino por el que hoy bajábamos.
El caso es que, rodando entre maizales secos, llegamos en pocos kilómetros a la parte más baja de Morata. Allí repusimos fuerzas, otra vez, con las famosas palmeras cubiertas de chocolate y empezamos la vuelta definitiva a casa.
La duda entonces surgió entre coger la vía verde o girar en una de las calles de Morata para encarar una subida muy seria camino de la cantera donde nuestro Trancas dio con sus huesos en el suelo. A decir de algunos, el camino ya se había hecho tanto de bajada como de subida, aunque el que narra sólo lo recuerda de bajada.
Y allá que nos fuimos, la cuesta de las buenas, primero de asfalto con un desnivel del copón bendito y luego algo más llevadera aunque bastante larga. En la última casa el viejo de siempre, que al pasar por la verja de su jardín siempre nos recuerda: “Pues aun os queda lo peor”.
El mini pelotón se estiró como una goma pero llegó arriba entero, aunque costó recuperar el habla. A partir de allí, el ritmo fue fuerte hasta llegar al puente bajo la vía verde y que conecta con el Váaamono. Este terreno conocido como pocos, no admite prisioneros y a ritmo envenenado se llegó a la carretera de Chinchón.
La vuelta a casa, como siempre, dos unidades por delante y tres por detrás, subiendo al ritmo que los kilómetros realizados, los tirones y los calambres permitían.
Al final, en el Camelot sólo cuatro de los Nenazas que iniciaron la etapa cumplieron con el importante proceso de rehidratación y avituallamiento.
En fin, una etapa poblada de “nubarrones” que seguro que el viento de otoño se lleva para no volver, esperamos.





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