Una jornada más, aunque esta vez no se dio lugar a consenso
en la ruta a realizar, fueron los caprichitos de alguno los que nos guiaron en
una ruta durilla por territorios donde hace mucho tiempo que no circulábamos.
La salida de nuevo a las 8:30 h., más o menos, y como el
primero de los caprichos era ir a Campo Real que era día de encierro y alguno
quería ver los cuernos de los toros, uno de los destinos estaba bien claro. Era el capricho de Avispa.
Pero en esto que vino el segundo de los caprichos, subir El
Colombiano en Loeches. Partía la idea de Jokín, el gallo más gallo del corral,
ya sabéis, se bajó la cabeza y para allá partimos.
La salida bajando por el Cristo de Rivas, para llegar a la
rotonda de la 3M y girar a la derecha por la carretera en dirección hacia
Mejorada del Campo. Una vez cruzado el río Jarama y llegados a los Viveros Don
Pedro, por los caminos interiores nos tocaba circular en dirección a Velilla de
San Antonio. Una ruta un tanto monótona que lleva rápidamente hacia este
insigne municipio.
Una vez en Velilla, había que subir hacia Loeches, y en este
caso decidimos subir por la ruta de Clavitelli, famosa ella por un trastazo que
dejó en fuera de juego y con la clavícula rota al pobre Clavi en una jornada en
la que bajábamos de Loeches, es decir a la contra. Por cierto, Clavi ¿cuando
vuelves?
Nada más salir de Velilla, toca cruzar el arroyo Pantueña,
cuyo paso solo tres del pelotón lo atravesamos por tol medio del agüita, el
resto de Nenazas por el conato de puente que hay a su derecha. Así mojamos la
bici para que el polvo del camino se empezara a pegar en nuestras monturas. La esforzada
subida nos llevó hasta Loeches, para ir calentando las piernas, o para ir
jorobando a los más castigados.
Una vez atravesado su casco urbano venía la cuesta más larga y jodida de la jornada, la subida de El Colombiano, la cual no repetíamos desde el 3 de marzo de este año, con todavía frío invernal en el ambiente.
En la subida la bici de Rulo se encabritó en cuatro
ocasiones y en ellas no tuvo más remedio que poner pie a tierra, eso sí
arrastrando en una de ellas a uno que venía justo detrás suyo, imaginaros quién
era. No daré muchas pistas.
Una vez arriba y concluido el sofoco de la cuestaza, nos
juntamos todo el pelotón en dos fases, alguno había tirado para delante y no
hubo más remedio que hacerlo por tandas. Y sin tregua hacia delante que nos
quedaba un trecho largo antes de llegar al siguiente reto, Pozuelo del Rey, ese
pueblo que siempre GPS confunde de nombre y que no recuerdo con cuál.
Pozuelo del Rey es un pueblo en el que nunca hemos entrado
en una de nuestras rutas, siempre nos quedamos en puertas de hacerlo y lo
esquivamos para hacer regreso desde su periferia. Curioso pero cierto.
Así que tocaba regreso y la dirección elegida era el primer
capricho de la jornada, como ya se dijo anteriormente, Campo Real y su
encierro. Para allá nos lanzamos a tumba abierta, es una zona bastante plana y
los escollos de los pasos entre rocas hacen que la ruta sea muy bonita y
llamativa, al menos a mi me lo parece.
En un rato entraba el pelotón Nenaza a las calles de Campo
Real, donde se notaba claramente el ambiente festivo de esta jornada. Lo veréis
mucho mejor si observáis las imágenes de la fiesta, un ejemplo claro de la
España Cañí. A cada cual le gusta un tipo de cosas, y éste es nuestro país.
La parada en la plaza del pueblo, junto a la improvisada plaza de toros, en un bar de la localidad. En él aparte de platanitos, barritas, y otras viandas, disfrutamos de un botellín del Mahou. Nunca hasta la fecha habíamos tomado una cerecita a mitad de recorrido, pero siempre hay una primera vez.
Los encierros no nos atraían a ninguno, y había que volver
para casa. Así esquivando las calles cortadas salimos del pueblo en pos del
siguiente reto o mejor dicho del siguiente capricho.
Esta vez le tocaba a GPS que quería y consiguió muy a duras
penas, llevarnos hacia la Dehesa del Carrascal, en Arganda del Rey, para
bajarnos por un senda que ya os contaré más adelante.
El camino a seguir es demás conocido por casi todos, la
senda del botillo. Ese camino pedregoso conocido por una de mis más gloriosas
caídas y donde también puso sus huesos en el suelo Josemari allá el 24 de
diciembre de 2012, Seguro que lo recordáis. Pero esta vez, aunque a
regañadientes, una vez en el cruce de caminos pasadas las piedras giramos a la
izquierda para subir de nuevo por una de las primeras trialeras que sufrimos
allá por nuestros inicios. Avispa lo recordaba claramente, por una de las
imágenes en la que se le veía desencajado en la rampa más dura. Tiempos aquellos.
Subimos como pudimos, esta vez me volvió a tocar poner pie a
tierra en una ocasión y en este caso por otro que se me atravesó en la zona
rocosa, Casper, que encima no tuvo la decencia de bajarse y si lo consiguió
conmigo. Una vez arriba, cruzamos la R-4 para tomar dirección hacia la Dehesa
del Carrascal, pasando por el cementerio de mascotas que muchos recordaréis.
Una vez allí GPS seguía en sus trece, teníamos que bajar por
su senda. Intenté convencerme pero me dijo “tu no mires a los lados y sígueme”.
Sin pararnos hacia allí se fue, encontrándonos en medio del pinar en busca de
una estrecha senda que bajaba entre pinos, encinas, piedras (la verdad no
muchas), una joyita.
A la mayoría parece que les gusto, pero a todos no. Es de
contar que bajé prácticamente toda ella, salvo un poco a la mitad, a pedalillo.
Abajo esperaba el grupo y nada más llegar se volvió a dar el pistoletazo de
salida, con desbandada general.
Al poco ya estábamos camino de la vía verde de Morata, donde
hicimos la siguiente de las mini paradas. Allí un grupo de machotes decidieron
que no había sido suficiente y se dirigieron hacia los Cerros Concejiles y el
resto no podía alargar mucho más la etapa y bajamos hacia el polígono de Arganda.
Desde allí improvisando recortamos terreno, bajando por vía
de servicio de la antigua N-III, junto al polígono de Arganda en dirección al
Parque de Bomberos situado junto a la N-III. Esquivando vallados llegamos hasta
el Puente de Arganda, el puente de hierro sobre el río Jarama. Allí se notaba
cada vez más el agotamiento del personal.
Nos quedaban las calles del pueblo por delante, donde
algunos mantuvimos el tipo y alguno que otro petó del todo, no teniendo más
remedio que bajarse de la bici y sentarse junto al Auditorium Miguel Ríos.
Allí fueron sobrepasados por los machotes de los Cerros
Concejiles, e incluso Jokin llegó a contactar y superar con los de delante, o
casi con todos porque Rulo acuciado por su santa, volaba para no llegar tarde a
la comida en casa de su suegra. Tu sí que eres grande, Rulo.
A tomar las cerecitas tras unos 60 kilómetros recorridos nos
juntamos en la cafetería del CERPA, donde degustamos ese líquido recuperador y
una serie de viandas que devolvieron de nuevo el ánimo al pelotón.
Una etapa sin cerecitas al final, no es una verdadera etapa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario