Tras la tempestad viene la calma y eso es lo que ocurrió
esta mañana de domingo tras el tormentón de campeonato que cayó desde los
cielos en la noche del sábado, a eso de las 22 horas. Igual volvió a llover
después, pero durmiendo uno no se entera de nada.
A la cita dominical acudimos los de casi siempre, la creme
de la creme, los que casi nunca fallamos, a muchos del resto vamos a tener que
borrarlos y olvidarnos de esa época feliz en la que el pelotón Nenaza era
grande, muy grande. Eso quedó en el pasado y es otra historia.
El destino en la ruta no estaba nada claro, con las
supuestas lluvias de la noche anterior todo debía estar empapadísimo y lo mejor
sería buscarnos la opción más seca, la que nunca falla, e ir improvisando sobre
la marcha.
Así, bajamos por la avd. Pilar Miró, hasta el pueblo y
rápidamente estábamos en el parking de la laguna de El Campillo, nada nuevo que
no conozcáis.
Lo siguiente y sin dudarlo era seguir por la carretera de
Chinchón, para encarar el Vaáamono, un camino que aunque el cielo se caiga
sobre él, mantiene el tipo y deja que el transcurrir de las bicicletas no sea
demasiado pesado.
En el primer tramo, la sorpresa de la jornada. Circulábamos
entre los vallados de fincas cuando, se oyeron un par de ráfagas de tiros de
escopeta y tras el segundo de ellos un perdigón impactó contra mi casco. No me
lo podía creer, los escopeteros no respetan nada pero tirar hacia un camino
transitado es lo último. Imagino que el perdigón vendría rebotado, ya con menos
fuerza, pero aun así podía habernos dado a alguno en un ojo y podía haber sido
peor. Solo quedó en una anécdota y cuatro gritos a estos desgraciados, mejor
olvidarlo y seguir.
Subimos todo el Vaáamono hasta llegar al puente metálico de
la vía verde, separados aunque con diferencias menores de las que ocurrían hace
meses. El suelo en la mayoría del recorrido parecía totalmente seco o con poca
lluvia caída.
Allí nos pusimos de acuerdo por donde continuar, con dos
opciones posibles ganó la de ir a Valgrande y hacia allí nos fuimos.
Continuamos por la carretera hormigonada de las casas
cercanas a la vía verde, para girar a la izquierda en la última casa y subir
hacia la cementera. Nos juntamos en la carretera de Chinchón, frente al
restaurante el Alto, para cruzarla y seguir por el camino de la Boca de la
Zorra. Por los olivares de la zona y con un recorrido de caminos que van y
viene de aquí para allá, llegamos por fin a la vía pecuaria que baja hacia
Titulcia.
Una vez allí nos quedaba ya cerca la urbanización Valgrande,
donde nos tocaría la parada del platanito, con la fuente para repostar , unas risas para
hacer la parada más agradable y unas palmeritas tipo Morata, con las que
obsequié al personal. Ya me conocéis.
Foto: Marqués
David en Valgrande
Foto: Marqués
El siguiente destino era sin duda el casco urbano de Morata
de Tajuña, por lo que deberíamos bajar hacia la carretera. El camino elegido no
fue el Valsuputamadre, no era plan, así que bajamos por la pista de acceso a la
urbanización, que estaba seca y sin problemas de barro.
Una vez en la carretera nos dirigimos por ella hacía Morata.
Un alto delante de la Alcoholera de Chinchón para dejar constancia de que
pasamos por allí. Una foto y a continuar.
En la Alcoholera de Chinchón
Foto: Marqués
Al poco ya estábamos en Morata, donde se celebraba un evento
deportivo. Una carrera popular de 5-10 km en este pueblo. Nos tocó esquivar
alguna valla y a algún municipal, pero cruzamos el casco urbano sin ningún
problema.
Lo siguiente elegido y sin tregua, fue subir por la
carretera que va hacia Arganda, esa empinada y con cuestas que quitan el hipo a
más de uno. En este caso salió perjudicado Gavilán, que había tenido fiestuki
sabateña y los vapores del alcohol consumindo le hicieron llegar a cola del
pelotón a la zona de reunión junto a la Fundación Arca de Noé, el refugio de
animales abandonados. Suele pasar.
Un caracol que camina despacito
Foto: Marqués
Lo siguiente y como no podía ser de otra forma, el camino
del Piolín, las canteras, los olivares y de nuevo nos juntamos en lo alto del
Vaáamono.
Era el lugar donde el pelotón se iba a separar. Jokin con
prisa tiró para delante, y el resto más o menos juntos llegamos hasta el
pueblo, donde David nos dejó también tirando hacia delante.
Los 4 que quedamos subíamos en pelotón hasta que me di la vuelta llegando a auditorio Miguel Ríos y nadie venía detrás. Mis tres acompañantes pararon en una esquina a socorrer a un pequeño que estaba tumbado sobre la acera, deleitándose un rato cuando llegó su hermosa mamá en su ayuda.
Los 4 que quedamos subíamos en pelotón hasta que me di la vuelta llegando a auditorio Miguel Ríos y nadie venía detrás. Mis tres acompañantes pararon en una esquina a socorrer a un pequeño que estaba tumbado sobre la acera, deleitándose un rato cuando llegó su hermosa mamá en su ayuda.
Nos juntamos de nuevo en la fuente bajo el Miguel Ríos,
pedaleando en compañía hasta las rampas de Pilar Miró y el pinar del Cerro del
Telégrafo.
En la fuente del Miguel Ríos
Foto: Marqués
El acto de cierre de etapa lo hicimos en el Bar de Chapu,
tras 60 km recorridos, donde degustamos cerecitas y ricas tapas junto con
Jokin, que había cumplido su labor y se venía a tomarla.


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