29 de septiembre de 2013, ruta por el valle del río Tajuña

La hora de partida de esta etapa estaba anunciada a las 9 de la mañana, aunque alguno no se enteró y se plantó en la plaza a las 8:30 h. Al Gavilán no le quedó más remedio que volver para casa y esperar media horita para iniciar la etapa.
Los gallos después de una semana de inactividad volvían al pelotón y cuando eso pasa hay que echarse a temblar, atarse bien los machos y a sufrir toca, es ley de vida.
Pero no, no había posibilidad de negociar la etapa, todo estaba elegido y este domingo a alguno nos iba a tocar sufrir.
Así salíamos hacia la avd. Pilar Miró, lugar por donde bajamos habitualmente hacia el pueblo. Entonces alguien pegó un vistazo hacia el oeste y se dio cuenta que la lluvia se nos acercaba lentamente por lo que nos tocaba acelerar un tanto en busca de cobijo.
Llegando al aparcamiento de la laguna de El Campillo comenzó a jarrear, la cosa no era muy fuerte pero nos hizo plantearnos  hacer un receso y resguardarnos bajo el túnel que cruza por debajo de las vías del metro. Hábil decisión pues tras un ratillo a cobijo, la lluvia cesó y la ruta podía seguir adelante.
 
Bajo el puente del metro
Foto: Marqués


Por delante nos quedaba una ruta muy conocida, el Vaáamono y allí, como no podía ser menos, se estiró el pelotón y goteando fuimos llegando al lugar de reunión, la carretera asfaltada junto al puente metálico de la vía verde de Morata.
Desde allí dirección hacia Morata por la senda del Piolín, esquivando canteras, olivares y no pocos charcos resultado de las lluvias que habían regado los campos esa semana.
Nos juntamos de nuevo en el cruce con el camino que baja hacia Morata, para continuar hacia abajo sin ninguna pausa. Mucho cuidado a mitad de bajada, pues aunque esta vez no tocaba cruzarse con el tractor que nos hemos cruzado un par de veces, hubo que atravesar un charco que se hace cuando llueve en una pequeña zona explanada una vez pasada la mitad de la bajada.
Goteando de nuevo llegamos todos hasta el casco urbano de Morata. Esta vez no tocaban palmeritas, ni siquiera nadie osó nombrarlas. Eso sí, la parada del platanito en la plaza del ayuntamiento del pueblo y de nuevo a continuar, que aun quedaba mucha ruta por delante.
Ahora le había tocado elegir ruta a GPS y en esas ocasiones es cuando hay que echarse a temblar todavía más. La verdad es que nos brinda rutas muy bonitas, pero siempre con un regalito a modo de cuestorrón, trialera chunga o algo parecido.
Cruzamos el pueblo y cogimos la carretera que va hacia Valdelaguna, pero poco antes de empezar la cuesta arriba y salir de la vega del Tajuña, giramos hacia la derecha por una pista.
Allí un grupo de ciclistas nos avisaban, teníamos que tener cuidado porque había una ruta ciclista y según ellos nos encontraríamos con ellos de frente. La cosa no fue a más y de ciclistas ni rastro en toda la etapa, nuestra ruta y la suya no debían coincidir apenas en caminos pero no coincidió en el tiempo. Mejor así.
Por la vega del Tajuña y río abajo circulamos unos cuantos kilómetros. Una ruta que hicimos una sola vez pero en sentido opuesto a principios de año.
Por el camino se nos escaparon los gallos por delante, los perdimos de vista, aprovechando para hacer una parada y hacernos unas fotos. Los colchoneros estaban en una nube con la victoria de su Atleti ante su eterno rival y querían posar juntos para recordarlo.



Parada en la vega del Tajuña
Fotos: Marqués


Los Indios
Foto: Marqués


Hongo yesquero
Foto: Marqués

 
Nos unimos a los de delante para cruzar la carretera de Chinchón, donde nos esperaban. Y allí continuamos río abajo. Nos quedaba por delante una pequeña tachuela a modo de cuestorrón con regueros, piedras e incluso una moto que dificultó la subida del pelotón.
 


Cuestorrón
Fotos: Marqués

Subiendo casi todo el mundo puso pie a tierra en algún momento, el único que resistió toda la cuesta  llegando arriba montado fue el Gavilán, dueño y señor de las zonas más complicadas de la ruta. Los demás nos bajamos a diferentes alturas, pero lo hicimos.
Arriba llegué en solitario, perdí un ratillo como siempre inmortalizando el momento, ya me conocéis y el grupo no tuvo más remedio que esperarme una vez abajo muy cerca del río Tajuña, justo en el camino por el que unas cuantas veces hemos bajado de Chinchón. Seguro que sabéis a cual camino me refiero.
 
Valle del río Tajuña, con Morata al fondo
Foto: Marqués

 
Tras cruzar el pequeño puente sobre el Tajuña nos quedaba por delante nos quedaba de nuevo otro escollo a modo de subida, ¿no lo recordáis? Para volver a casa desde allí no queda más remedio que hacer una de las subidas malditas de nuestras rutas, la subida a la urbanización Valgrande.
Alguno la rebautizó en alguna ocasión como Valsuputamadre, seguramente debido a que resulta ser una subida rompepiernas que no deja indiferente a ninguno del grupo, bueno a casi ninguno pues a los gallos seguro que no les sabe tan duro como a los humanos.


 







  










Llegando a la parte alta de la urbanización Valgrande
Fotos: Jokin


Con una breve parada a recuperar la respiración, la ruta seguía hacia delante. Allí se estiró de nuevo el pelotón con Jokin y Gavilán volando por delante, el incombustible Profe, GPS y yo en el medio, quedándose un tanto rezagados Rulo y Avispa.
Camino de la cementera nos fuimos separando más y más, incluso llegué a perder contacto con mis acompañantes poco antes de llegar al Vaáamono, a los que vi iniciar la bajada pero ya no fui capaz de hacer contacto de nuevo con ellos.
A mitad de bajada mi móvil sonaba. Paré para ver qué pasaba y vi que la llamada era de Avispa. Él y Rulo se habían quedado atrás, estaban en la parte alta del camino e iban a empezar la bajada.
En solitario hice el camino hasta la fuente del pueblo, solo con otro ciclista desconocido al que me pegué por la carretera de Chinchón que me hizo más llevadero esa parte del recorrido.
En la fuente esperaba los de delante, salvo Jokin que llevaba algo de prisa y que ya subía por las calles del pueblo hacia casa. La espera fue larga, o al menos eso me pareció, hasta que los rezagados se unieron de nuevo al grupo.
La subida fue tranquila con algunos con menos fuerza de lo habitual pagando los excesos de una etapa larga y durilla de unos 62 kilómetros, tras los cuales llegamos a nuestro lugar de partida.   
Las cerecitas tocaban esta vez en el Bar de Chepu, el antiguo Camelot, en el que había mogollón de gente y nos costó un rato hacernos hueco para tomar las merecidas cerecitas de rigor, pero finalmente allí nos las tomamos.
 
Y ahora las cerecitas
Foto: Marqués

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